En Quito, venezolanos empiezan de cero.
En Caracas Jesús era subgerente de un banco, era titulado en
Ingeniería de petróleos, tenía su propio departamento y automóvil. Llegó a
Quito hace año y medio, y por cuatro meses vendió donuts en la calle para vivir
y enviar dinero a su madre en Venezuela.
Jesús Figuera de 32 años es uno de los 17 mil venezolanos
que se ha quedado a vivir en Ecuador en los últimos 3 años, según indica el
ministerio del interior. La población quiteña se ha colmado de jóvenes como
Jesús que llegan a Ecuador para volver a iniciar su vida desde cero. Dejando
estudios, negocios, familias, sueños. Huyendo de la crisis económica y la
inseguridad que vive su país desde hace años.
Muchos llegan con títulos universitarios y maestrías pero
sus expectativas de un futuro mejor se chocan con la alta tasa de desempleo actual
de Quito, que en datos del Instituto Nacional de
Estadística y Censos (INEC) consta del 9,1% en Diciembre del 2016. Por lo que
los venezolanos que arriban al país trabajan en su mayoría de vendedores
ambulantes. Es muy común en la capital que las calles más transitadas de la
ciudad estén llenas de muchachos vendiendo donuts, pasteles, chaulafán, llaveros,
maquillaje, perfumes , dulces y hasta haciendo música a cambio de unas monedas.
Los buses de Quito se han convertido en el medio de trabajo
de muchos, que se suben vendiendo algún producto o tocando algún instrumento y
contando un poco de su historia. La mayoría cuenta que tienen estudios, y
dejaron en Venezuela toda una vida. Y que llegaron a Ecuador en busca de
estabilidad, seguridad y una vida digna. Empiezan vendiendo algún producto para
tener dinero, para legalizar su estadía en el país.
Jesús cuenta que la visa de trabajo le costaba 500 dólares
por lo que al llegar a Ecuador vino con muy poco dinero y se puso a vender las
donuts en la calle hasta reunir lo suficiente para aplicar a la visa. Comenta
que se ha creado una especie de sistema en la que se ayudan los unos a los otros. Un grupo de venezolanos
que están algún tiempo viviendo en Quito producen los pasteles y donuts, los
venden a los venezolanos para que ellos los revendan en la calle y tengan
ingresos.
Jesús solo tuvo que trabajar de vendedor por los cuatro
meses que vendió en la calle donuts, explica que tuvo la suerte de al tener la
visa de trabajo conseguir un empleo más estable. Solo estuvo desempleado por 2
meses y consiguió trabajo en la organización Aldeas, donde trabajó por 5 meses realizando
recaudación de fondos. Luego una persona de esta organización lo vinculó con
UNICEF para realizar la misma labor de recaudación, donde trabaja hasta la
actualidad.
Jesús dice que su
trabajo actual le gusta, aunque no esté relacionado a lo que estudió, pero que
agradece a Dios el tener empleo. Que gracias a esto puede enviar 100 dólares al
mes a su madre en Caracas, y que esto allá es una fortuna. Explica que muchos
de los venezolanos que viven aquí no tienen la misma suerte. “Siento que mucha
gente cuando estás sin papeles se aprovecha de nuestra situación, saben que
estamos desesperados por un empleo y un sueldo”, dice.
Jesús se lamenta por amigos y conocidos que están aquí el
mismo tiempo que él pero no han conseguido nada estable. Comenta sobre uno de
sus amigos que es ingeniero civil, y trabajó en una construcción de Quito como
albañil, pero al llegar el mes nunca le pagaron por su trabajo. Cuenta también
sobre otro chico venezolano que conoció aquí, quien trabajaba de mesero de 12
de la mañana a 2 de la madrugada en un bar restaurante y solo le pagaban 200
dólares al mes, ya que no tenía papeles.
Skeilly Castellanos es otra Venezolana que escogió a Ecuador
su destino hace 3 años, junto a su esposo y su hijo de 7 años. Tiene 35 años,
es psicóloga y tiene una maestría en tratamiento pediátrico de autismo y
síndrome de Asperger, su esposo es fisioterapeuta. Skeilly y su marido en Venezuela
sufrieron asalto a mano armada y secuestro, el día que decidieron salir de su
país fue cuando vieron a un joven en la calle disparar a otro, y no querían que
su hijo viva en una sociedad así. Skeilly cuenta que para reunir los 2000 dólares
que necesitaban para venir se demoraron un año, su marido tenía dos empleos y
ella era profesora en una universidad. Dice que el cambio de bolívares a
dólares está restringido por cupos, que tienes que ir cambiando el dinero de a
poco.
Cuando llegaron a Ecuador una conocida de su familia le
ayudó a conseguir un trabajo de mesera, donde estuvo año y medio ganando 400 dólares, trabajando de 11 de la mañana a
10 de la noche, mientras su marido cuidaba a su hijo que ingresó a un colegio
fiscal. Su marido a veces conseguía algunos pacientes de fisioterapia, pero
hasta hoy no tiene nada fijo. Ella hace un año trabaja de asistente en una
firma de abogados, pero no ha conseguido nada relacionado a su carrera. Skeilly
explica que su familia desde Venezuela se demoró alrededor de 10 meses en enviar
sus títulos universitarios, ya que el gobierno pone muchas trabas. Comenta que
el título aquí tampoco le ha servido de mucho, y que ha sentido cierto rechazo
de los empleadores en entrevistas de trabajo cuando ven que es venezolana.
Skeilly dice estar muy agradecida de Ecuador, porque le
abrió las puertas a vivir tranquila con su familia. Pero explica que sueña con
el día en que puedan regresar a su país, donde está el resto de su familia. Y que
todo en Venezuela vuelva a la normalidad, y se pueda vivir allá.