lunes, 24 de abril de 2017

En Quito, venezolanos empiezan de cero.


En Caracas Jesús era subgerente de un banco, era titulado en Ingeniería de petróleos, tenía su propio departamento y automóvil. Llegó a Quito hace año y medio, y por cuatro meses vendió donuts en la calle para vivir y enviar dinero a su madre en Venezuela.



Jesús Figuera de 32 años es uno de los 17 mil venezolanos que se ha quedado a vivir en Ecuador en los últimos 3 años, según indica el ministerio del interior. La población quiteña se ha colmado de jóvenes como Jesús que llegan a Ecuador para volver a iniciar su vida desde cero. Dejando estudios, negocios, familias, sueños. Huyendo de la crisis económica y la inseguridad que vive su país desde hace años.

Muchos llegan con títulos universitarios y maestrías pero sus expectativas de un futuro mejor se chocan con la alta tasa de desempleo actual de Quito, que en datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) consta del 9,1% en Diciembre del 2016. Por lo que los venezolanos que arriban al país trabajan en su mayoría de vendedores ambulantes. Es muy común en la capital que las calles más transitadas de la ciudad estén llenas de muchachos vendiendo donuts, pasteles, chaulafán, llaveros, maquillaje, perfumes , dulces y hasta haciendo música a cambio de unas monedas.



Los buses de Quito se han convertido en el medio de trabajo de muchos, que se suben vendiendo algún producto o tocando algún instrumento y contando un poco de su historia. La mayoría cuenta que tienen estudios, y dejaron en Venezuela toda una vida. Y que llegaron a Ecuador en busca de estabilidad, seguridad y una vida digna. Empiezan vendiendo algún producto para tener dinero, para legalizar su estadía en el país.





Jesús cuenta que la visa de trabajo le costaba 500 dólares por lo que al llegar a Ecuador vino con muy poco dinero y se puso a vender las donuts en la calle hasta reunir lo suficiente para aplicar a la visa. Comenta que se ha creado una especie de sistema en la que se ayudan  los unos a los otros. Un grupo de venezolanos que están algún tiempo viviendo en Quito producen los pasteles y donuts, los venden a los venezolanos para que ellos los revendan en la calle y tengan ingresos.

Jesús solo tuvo que trabajar de vendedor por los cuatro meses que vendió en la calle donuts, explica que tuvo la suerte de al tener la visa de trabajo conseguir un empleo más estable. Solo estuvo desempleado por 2 meses y consiguió trabajo en la organización Aldeas,  donde trabajó por 5 meses realizando recaudación de fondos. Luego una persona de esta organización lo vinculó con UNICEF para realizar la misma labor de recaudación, donde trabaja hasta la actualidad.



 Jesús dice que su trabajo actual le gusta, aunque no esté relacionado a lo que estudió, pero que agradece a Dios el tener empleo. Que gracias a esto puede enviar 100 dólares al mes a su madre en Caracas, y que esto allá es una fortuna. Explica que muchos de los venezolanos que viven aquí no tienen la misma suerte. “Siento que mucha gente cuando estás sin papeles se aprovecha de nuestra situación, saben que estamos desesperados por un empleo y un sueldo”, dice.



Jesús se lamenta por amigos y conocidos que están aquí el mismo tiempo que él pero no han conseguido nada estable. Comenta sobre uno de sus amigos que es ingeniero civil, y trabajó en una construcción de Quito como albañil, pero al llegar el mes nunca le pagaron por su trabajo. Cuenta también sobre otro chico venezolano que conoció aquí, quien trabajaba de mesero de 12 de la mañana a 2 de la madrugada en un bar restaurante y solo le pagaban 200 dólares al mes, ya que no tenía papeles.

Skeilly Castellanos es otra Venezolana que escogió a Ecuador su destino hace 3 años, junto a su esposo y su hijo de 7 años. Tiene 35 años, es psicóloga y tiene una maestría en tratamiento pediátrico de autismo y síndrome de Asperger, su esposo es fisioterapeuta. Skeilly y su marido en Venezuela sufrieron asalto a mano armada y secuestro, el día que decidieron salir de su país fue cuando vieron a un joven en la calle disparar a otro, y no querían que su hijo viva en una sociedad así. Skeilly cuenta que para reunir los 2000 dólares que necesitaban para venir se demoraron un año, su marido tenía dos empleos y ella era profesora en una universidad. Dice que el cambio de bolívares a dólares está restringido por cupos, que tienes que ir cambiando el dinero de a poco.

Cuando llegaron a Ecuador una conocida de su familia le ayudó a conseguir un trabajo de mesera, donde estuvo año y medio ganando  400 dólares, trabajando de 11 de la mañana a 10 de la noche, mientras su marido cuidaba a su hijo que ingresó a un colegio fiscal. Su marido a veces conseguía algunos pacientes de fisioterapia, pero hasta hoy no tiene nada fijo. Ella hace un año trabaja de asistente en una firma de abogados, pero no ha conseguido nada relacionado a su carrera. Skeilly explica que su familia desde Venezuela se demoró alrededor de 10 meses en enviar sus títulos universitarios, ya que el gobierno pone muchas trabas. Comenta que el título aquí tampoco le ha servido de mucho, y que ha sentido cierto rechazo de los empleadores en entrevistas de trabajo cuando ven que es venezolana.


Skeilly dice estar muy agradecida de Ecuador, porque le abrió las puertas a vivir tranquila con su familia. Pero explica que sueña con el día en que puedan regresar a su país, donde está el resto de su familia. Y que todo en Venezuela vuelva a la normalidad, y se pueda vivir allá.